La empatía es la capacidad cognitiva de sentir en un contexto común lo que un individuo diferente puede percibir.
Describe la capacidad intelectiva de una persona de vivenciar la manera en que siente otra persona y de compartir sus sentimientos, lo cual puede llevar a una mejor comprensión de su comportamiento o de su forma de tomar decisiones. Es la habilidad para entender las necesidades, sentimientos y problemas de los demás, poniéndose en su lugar, y responder correctamente a sus reacciones emocionales. Como tal es un sentimiento cuyo desarrollo requiere una cierta clase de inteligencia; quienes padecen autismo, síndrome de Asperger o determinadas psicopatías ven muy mermada esta capacidad cognitiva; por el contrario, quienes ejercen un liderazgo de carácter altruista suelen estar caracterizados por el amplio desarrollo de esta capacidad. Los estudios demuestran que esta capacidad suele darse más a menudo en el género femenino de la especie humana, quizá por el hecho biológico de tener y cuidar de los hijos, aunque no es privativa del mismo.
Las personas con empatía son aquellas capaces de escuchar a los demás y entender sus problemas y motivaciones; por eso poseen normalmente mucho reconocimiento social y popularidad, ya que se anticipan a las necesidades antes incluso de que sus acompañantes sean conscientes de ellas y saben identificar y aprovechar las oportunidades comunicativas que les ofrecen otras personas.
(de la wikipedia, claro.)
Recientemente se montó una tangana en mi casa (que es la suya), como consecuencia de un breve post en el que yo manifestaba mi desesperación ante la persistencia del terrorismo de ETA.
Un habitual visitante zanjó la polémica, de forma un poco áspera, al acusar a otro de falta de empatía. Y creo que acertó.
Cuando ante el bombardeo de Bagdad, la ministra de Palacio se congratula de una próxima bajada de la gasolina, la ministra no es empática.
Si cuando ante el asesinato de un guardia civil, me voy por los cerros de Úbeda, y me pongo a meditar sobre el derecho de autodeterminación, no soy empático. Porque el derecho de autodeterminación no dudo que sea importante, pero primero me acuerdo del asesinado, de su mujer y de su hijo. Comparto su dolor, porque soy capaz de comprenderlo. Y de reconocerlo como mío. Lo contrario es autismo. Ante el dolor ajeno, podemos cerrar ojos y tapar oídos. Pero corremos el riesgo de que el corazón y el cerebro se nos pongan rancios.




